Han sido meses de batalla en pleno campo hospitalario. Muchos pacientes que atender, pero también mucho miedo y angustia. Lo vivido en los hospitales y centros adaptados para acoger a los miles de contagiados por la COVID-19 no lo vamos a olvidar. Meses duros con una curva ambiciosa que sólo veíamos crecer y que entre todos hicimos frente para conseguir aplanarla. Pensábamos que lo difícil, lo desalmado, estaba entre aquellas puertas.  Las enfermeras nos preocupábamos por otras curvas derivadas de lo ocurrido, que también crecían y nadie trataba de aplanar. Ocupadas en lo que era urgente en ese momento, no podíamos hacer frente a la vez a lo que también lo era: malnutriciones, tratamientos frenados por el coronavirus, que no han podido continuar con sus sesiones y que, algunos, ya son irrevocables; el maltrato escondido en los hogares, de mujeres, de niños, que no han podido defenderse y que las paredes los han encarcelado con su maltratador; familias que no tenían alimento antes y que esta pandemia ha escaseado lo poco que les quedaba; aquellas personas dependientes, que han encontrado dificultades para seguir adelante sin ayuda… Todo ello está por cubrir. Todo ello moldea curvas a su antojo y las alza a las alturas. 

Las enfermeras nos preocupábamos por otras curvas derivadas de lo ocurrido, que también crecían y nadie trataba de aplanar.

Buscamos vacuna para esta pandemia. Pero solo buscamos aquella que ataca al virus que lo ha provocado, la de la COVID-19. El resto de curvas necesitan también vacuna que los salve. Lo mejor es que no hace falta buscarla porque ya existe: es aquella profesional dedicada a los cuidados, la que conoce el nombre de sus pacientes y sus peculiaridades, la que sigue sus tratamientos y tiende su mano para ayudarles. La vacuna es la enfermera. La vacuna es sus cuidados. Demos valor y reconocimiento a lo que lo tiene. Demos valor a los cuidados y quién los proporciona. Enfermeras, ocupemos nuestras posiciones.